La silla vacía que enseñó a un niño dónde crece la verdadera familia

Aquella tarde estaba dibujando a nuestra familia.

Me dibujó a mí con el pelo demasiado largo.

Se dibujó a él con una camiseta verde.

Y al lado de la verja dibujó a doña Amalia, nuestra vecina.

Doña Amalia tenía setenta y nueve años, vivía sola desde hacía mucho y casi nunca entraba en casa de nadie. Era de esas mujeres mayores que barren su acera cada mañana, cuidan sus macetas y saludan con educación, pero sin dar pie a demasiada conversación.

La habíamos invitado porque Lucas insistió.

“Ella también debería venir”, me dijo. “Siempre está solita.”

Y doña Amalia vino.

Se sentó en una silla, muy recta, con su blusa clara y sus manos apoyadas sobre el bastón. Apenas hablaba, pero miraba a Lucas con una ternura que yo nunca le había visto.

Entonces mi cuñado se acercó a la mesa.

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