“Lucas”, dijo, “ayer me callé cuando no debía.”
Él la miró sin responder.
Ella tragó saliva.
“Escuché una cosa cruel y miré al plato. Pensé que así no habría problema. Pero sí lo hubo. Y te fallé.”
Lucas apretó el lápiz.
“¿Tú pensaste que era gracioso?”
“No”, contestó ella. “Pensé que era horrible. Pero fui cobarde.”
La palabra quedó en el aire.
Cobarde.
No la dijo para hacerse la buena.
La dijo porque era verdad.
Lucas bajó la vista.
“Me dolió.”
“Lo sé.”
“No sabes.”
Mi hermana cerró los ojos un segundo.
“Tienes razón. No lo sé. Pero quiero aprender a no hacer más daño.”
Yo estaba al lado, con el cuerpo tenso, preparada para intervenir si Lucas se sentía incómodo.
Pero él solo preguntó:
“¿Va a venir él?”
Mi hermana negó con la cabeza.
“No. No hasta que tú quieras. Y si no quieres, no vendrá.”