La casa quedó silenciosa otra vez.
Pero no era el mismo silencio.
Aquella noche no durmió bien.
No por miedo a los hombres que se habían marchado.
Por Evaristo.
Dos días después, cuando Mercedes fue al caserío por harina y sal, las conversaciones disminuyeron al verla entrar.
No se detuvieron por completo.
Eso habría sido más fácil.
Algunos la miraban con curiosidad.
Otros con cautela.
Una mujer que la conocía desde antes de casarse se acercó.
—Dicen que escondiste a más de 20 hombres.
Mercedes dejó el saco de harina sobre el mostrador.
—Escondí a uno.
—¿Y los demás?
—Vinieron a llevárselo.
—Evaristo dijo que estaban armados.
—En esta región, ¿cuántos hombres salen al campo sin arma?
La mujer no contestó.
Mercedes tampoco añadió nada.
No quería ganar una discusión.
Quería impedir que una mentira se convirtiera en una verdad por repetición.