Evaristo apareció desde el fondo de la tienda.
—Mercedes.
—Evaristo.
—Me alegra que hayas venido.
—Necesito sal.
Él puso un pequeño paquete sobre el mostrador.
—Podemos hablar atrás.
—Podemos hablar aquí.
Varias personas fingieron seguir ocupadas.
Evaristo bajó la voz.
—Te conviene arreglar esto antes de que la gente pierda la paciencia.
Mercedes miró el paquete de sal.
—¿Cuánto?
Evaristo pareció confundido.
—¿Qué?
—La sal.
Ella pagó.
Él no tocó las monedas.
—Sabes de qué hablo.
Mercedes recogió el paquete.
—Y tú sabes que mi casa no está en venta.
—Por ahora.
—Desde hace dos años dices lo mismo.
La mujer que había hablado con Mercedes dejó de fingir que revisaba unas telas.
Evaristo la notó.
Entonces cometió el error de apresurarse.
—Después de lo que ocurrió, nadie va a querer vivir cerca de ese terreno.
Mercedes se volvió hacia él.
—Curioso.
—¿Qué cosa?