Durante dos años había conservado esa prenda porque todavía olía, en ciertos días húmedos, a humo de leña y cuero viejo.
Aquella tarde dejó de usarla como recuerdo.
La usó porque necesitaba salir.
Yáwari dio un paso hacia ella.
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—Iremos también.
Mercedes negó con la cabeza.
Más de 20 jinetes entrando al caserío era exactamente la imagen que Evaristo necesitaba.
—Si vienen conmigo, él gana antes de que yo diga una palabra.
Yáwari entendió.
No le gustó.
Pero entendió.
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Mercedes señaló a Sewerá.
—Tu hermano todavía no puede montar bien. Quédate con él.
Luego tomó la cuerda de Nube.
La yegua la siguió hasta afuera.
Era fuerte, joven y nerviosa, pero obedeció cuando Mercedes puso una mano sobre su cuello.
No la ensilló.
No iba a presumir un regalo ni a provocar preguntas.
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