Solo quería llevarla hasta el camino y acostumbrarla a su voz.
Entonces escuchó cascos.
Tres hombres venían desde el pueblo.
Evaristo estaba en medio.
Mercedes se quedó donde estaba.
Los otros dos no llevaban las armas en las manos, pero tampoco parecían haber ido a conversar sobre el clima.
Evaristo detuvo el caballo frente a la cerca.
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Miró a Nube.
—Bonito pago.
Mercedes no respondió.
—La gente anda preocupada —continuó él—. Dicen que tienes un grupo armado escondido aquí.
—La gente no estaba aquí.
—Yo sí.
—Entonces viste que nadie te amenazó.
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Evaristo sonrió apenas.
—Vi suficientes hombres para saber cuándo conviene preocuparse.
Mercedes sostuvo la cuerda con una mano.
—Vinieron por un herido.
—Eso dices tú.
Uno de los acompañantes de Evaristo miró hacia la casa.
Sewerá no apareció.
Mercedes agradeció en silencio que hubiera entendido.
Evaristo desmontó.
No abrió la cerca.