La mujer sentada al lado no facilitó las cosas. Iba vestida con un traje gris y pendientes de perlas; su irritación era evidente incluso antes de que se cerraran las puertas de la cabina.
Miró a Noah y lanzó una advertencia. Dijo que, si el bebé empezaba a llorar, no pensaba quedarse de brazos cruzados aguantándolo.
La joven madre señaló que el avión ni siquiera había abandonado la puerta de embarque. Prometió hacer todo
por encima cada pocos minutos. Era difícil saber si temía que el niño despertara o si esperaba a que lo hiciera para confirmar sus prejuicios.
Entonces, Noah despertó llorando. Su madre lo acunó, le ofreció un chupete, le revisó el pañal y le cantó, con voz suave, aquella canción que Mark solía entonarle, aunque fuera desafinando. Nada funcionó, porque el problema real era sencillo: tenía hambre.