Por eso, cuando su propia madre les ofreció un lugar donde quedarse durante un tiempo, ella aceptó. Un vuelo de seis horas le pareció un precio pequeño a cambio de un poco de respiro. Jamás imaginó que la parte más difícil del viaje sería amamantar en el avión frente a una desconocida hostil.
Guardó el suéter azul de Mark en su equipaje de mano, sabiendo que ella nunca se lo pondría. Louise, en silencio, colocó su conejo de peluche favorito justo al lado.
Mark siempre se había encargado de los pasaportes. Aquella mañana, su esposa revisó los documentos de viaje tres veces mientras Louise sostenía el biberón de Noah. Ninguna de las dos mencionó en voz alta por qué esa tarea se sentía, de repente, tan pesada.
Una fría bienvenida antes del despegue
El avión iba lleno, y Louise terminó sentada una fila detrás de su madre. Su madre ocupó el asiento del pasillo, con Noah apoyado contra su pecho. La sola idea de amamantar en un avión repleto de desconocidos ya la ponía nerviosa, pero esperaba que el bebé durmiera durante la mayor parte del trayecto.