Baltasar reconoció la marca del tacón antes de que Jacinta terminara de agacharse junto a las huellas: tres hombres habían cruzado el sendero detrás de ellos, y uno llevaba el mismo herraje que ella había visto frente a la tienda de su padre pocos días antes.
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No necesitó explicarle qué significaba.
Jacinta sintió que el calor de la casa desaparecía de golpe, aunque el fuego seguía encendido y el abrigo de Baltasar todavía descansaba sobre sus hombros.
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—¿Son hombres de mi padre? —preguntó.
Baltasar estudió el barro aplastado junto al establo y después levantó la vista hacia la pendiente.
—Uno estuvo en su tienda.
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—Lo vi dos veces —dijo ella—. Siempre llegaba cuando mi padre hablaba de las deudas.
Baltasar no tomó el rifle que colgaba dentro de la casa ni salió corriendo detrás de ellos.
Eso sorprendió a Jacinta más que cualquier amenaza.