Ana no lloró. A las 10:00 llegó la enfermera Valeria para tomarle la presión. Ana pidió su ropa, una pluma y una hoja.
Luego llamó al cirujano, el doctor Salcedo. —Quiero firmar mi alta voluntaria. El médico creyó que hablaba por el dolor.
Durante veinte minutos le explicó que apenas habían pasado tres días desde la nefrectomía y que todavía debían vigilar la creatinina, la presión, la herida y cualquier señal de fiebre.
Ana escuchó cada palabra. —¿El riñón de Víctor funciona? —Desde la primera hora. —Entonces ya hice lo que tenía que hacer.
No pidió explicaciones. No llamó a Rita. No despertó a Víctor para exigirle que negara lo que acababa de escuchar.
Antes de marcharse, caminó despacio hasta la cama de su esposo. Víctor dormía con el celular apoyado sobre el pecho.
Ana tomó el anillo de la mesa. Durante unos segundos lo sostuvo entre los dedos, el mismo aro que había llevado durante veintidós años, mientras Víctor respiraba gracias al riñón que ella acababa de darle.