Le Dio Un Riñón A Su Esposo Y Él Volvió A Una Casa Que Ya No Existía

El hombre al que le había dado un riñón no estaba llamando para preguntarle si se encontraba bien después de una nefrectomía.

Estaba llamando para saber si podía culparla por una propiedad.

—Teresa me vio salir —dijo Ana.

—Teresa no sabe todo.

—Tú tampoco.

Víctor respiró con fuerza.

—Tenemos que hablar.

Ana miró el sobre de la clínica privada que había guardado desde diciembre.

—Sí. Pero no hoy.

Colgó.

Días después, un reporte preliminar sobre el incendio señaló una falla eléctrica en una zona de la vivienda como origen probable del fuego.

No apareció nada que respaldara la acusación que Víctor había empezado a insinuar.

Ana recibió la noticia sin satisfacción.

La casa seguía destruida.

Sus muebles seguían perdidos.

Parte de su vida estaba convertida en objetos que ya no podía recuperar.

Pero había una diferencia importante: ya no permitiría que Víctor transformara también aquella pérdida en una deuda que ella tuviera que pagar.

Cuando finalmente aceptó verlo, eligió encontrarse de día, cerca de la propiedad, donde ambos podían hablar sin volver a entrar en lo que quedaba de la casa.

Víctor llegó solo.

Rita no estaba con él.

Parecía más cansado que cuando Ana lo había visto dormido en el hospital.

—Se fue —dijo antes de que Ana preguntara.

Ella entendió de quién hablaba.

No respondió.

—Dice que la engañé.

Ana lo miró.

—Lo hiciste.

Víctor apretó los labios.

—Sabes a qué me refiero.

—Perfectamente.

Durante años Ana había completado sus frases, suavizado sus errores y buscado la interpretación que menos lo perjudicara.

Esta vez dejó que las palabras fueran exactamente lo que eran.

Víctor sacó del bolsillo el anillo.

Lo sostuvo entre los dedos.

—Encontré esto encima de mi reloj.

—Ahí lo dejé.

—Podemos arreglarlo.

Ana casi sonrió, pero no por alegría.

Aquella era la misma palabra que él había usado con Rita.

Yo arreglo eso.

El notario.

La casa.

Su matrimonio.

Todo podía arreglarse mientras la solución consistiera en que otra persona aceptara lo que Víctor decidía.

—¿Qué quieres arreglar? —preguntó Ana.

—Nosotros.

—¿Antes o después de regalarle mi casa?

Víctor bajó la mano.

—Estaba diciendo tonterías.

—Le dijiste cuántos niveles tenía.

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