Él no contestó.
—Le hablaste del jardín.
Silencio.
—Le hablaste del garage.
Víctor miró hacia las paredes quemadas.
—Yo estaba confundido.
—También dijiste que yo era como un mueble.
Eso sí lo hizo mirarla.
Durante unos segundos intentó encontrar otra explicación.
No la encontró.
Ana no levantó la voz.
No necesitaba hacerlo.
—Me dijiste que no sabía hacer otra cosa que cuidarte.
—Ana…
—Y quizá ése fue mi error.
Víctor dio un paso hacia ella.
—Me salvaste la vida.
—Te doné un riñón.
—Es lo mismo.
—No.
La respuesta fue breve.
Ana se llevó una mano al costado por reflejo.
—Lo hice porque en ese momento eras mi esposo y porque quise hacerlo. No significa que compraste el resto de mi vida.
Víctor observó el anillo.
—Entonces, ¿para qué hiciste todo esto?
Ana entendió que todavía estaba pensando en términos de intercambio.
Un riñón por un matrimonio.
Veintidós años por una casa.
Una amante por una promesa.
Ella abrió su bolsa y sacó el sobre de la clínica privada que había guardado desde diciembre.
Estaba doblado en una esquina.
Dentro conservaba uno de los primeros resultados del proceso que había confirmado que podía seguir adelante como posible donadora.
Ana lo había guardado porque aquel día, meses atrás, había sentido alivio.
Había llegado a casa con el sobre apretado contra el pecho pensando que quizá Víctor tendría otra oportunidad.
Él ni siquiera recordaba ese día.
—Esto también me lo llevé antes del incendio —dijo.