—Me dijiste que no sabía hacer otra cosa que cuidarte.
—Ana…
—Y quizá ése fue mi error.
Víctor dio un paso hacia ella.
—Me salvaste la vida.
—Te doné un riñón.
—Es lo mismo.
—No.
La respuesta fue breve.
Ana se llevó una mano al costado por reflejo.
—Lo hice porque en ese momento eras mi esposo y porque quise hacerlo. No significa que compraste el resto de mi vida.
Víctor observó el anillo.
—Entonces, ¿para qué hiciste todo esto?
Ana entendió que todavía estaba pensando en términos de intercambio.
Un riñón por un matrimonio.
Veintidós años por una casa.
Una amante por una promesa.
Ella abrió su bolsa y sacó el sobre de la clínica privada que había guardado desde diciembre.
Estaba doblado en una esquina.
Dentro conservaba uno de los primeros resultados del proceso que había confirmado que podía seguir adelante como posible donadora.