La casa de tres niveles que Víctor había descrito con tanta seguridad desde su cama de hospital estaba convertida en una estructura quemada, húmeda y parcialmente acordonada.
El jardín tenía restos ennegrecidos.
Una pared estaba manchada de humo.
El garage seguía ahí, pero ya no parecía la entrada de la propiedad que Víctor había usado como moneda para comprar tiempo con Rita.
—¿Qué pasó? —preguntó ella.
Víctor no respondió.
Bajó con dificultad.
Cada paso le recordaba que apenas estaba saliendo de un trasplante, pero siguió avanzando hasta que Teresa lo vio desde su casa.
La mujer cruzó la calle.
—Don Víctor.
—¿Dónde está Ana?
Ni siquiera preguntó primero por el incendio.
Teresa lo notó.
—No sé dónde está viviendo.
—¿Ella estaba aquí cuando empezó esto?
Teresa tardó apenas un segundo en comprender la acusación escondida en la pregunta.