Daniela confesó entre sollozos:
—Yo manejaba. Mauricio dijo que necesitaba recoger unos documentos tuyos. Le di mi llave y lo esperé afuera.
La figura de la grabación caminaba exactamente como mi yerno.
Pero Mauricio no había ido únicamente al techo.
Había bajado al sótano.
Allí tenía un pequeño compartimiento de seguridad que casi nadie conocía.
Encontramos marcas recientes alrededor de la cerradura.
No logró abrir la segunda cámara oculta.
Dentro había dos cosas.
Una memoria USB.
Y una carta escrita por Elena, mi esposa, seis años antes de morir.
Reconocí su letra y tuve que sentarme.
En el sobre decía:
“Rafael: si algún día Daniela se pone de su lado, no la juzgues antes de ver esto.”
Elena había sido contadora antes de dedicarse a nuestra familia.
Durante sus últimos meses de vida había revisado una propuesta de inversión que los Alcántara le ofrecieron a Daniela.