Era una pirámide financiera vestida con oficinas de lujo.
Pero necesitaban una salida.
Y necesitaban a alguien sobre quien colocar la culpa cuando todo colapsara.
Ese alguien era yo.
Había dedicado veinticinco años a investigar fraudes financieros. Mi nombre daba credibilidad. Si podían construir documentos que demostraran que yo había asesorado las operaciones, tendrían al culpable perfecto.
Y para acercarse a mí necesitaban a Daniela.
No creo que Mauricio fingiera absolutamente cada emoción durante cinco años.
Eso habría sido más sencillo.
Creo algo peor: al principio aceptó acercarse a ella porque beneficiaba a su familia y después aprendió a quererla de la forma torcida en que algunas personas quieren aquello que consideran suyo.
Pero nunca dejó de utilizarla.
Daniela llegó a casa de Arturo una tarde con un sobre.
Estaba sin maquillaje, con un viejo suéter gris que usaba antes de conocer a Mauricio.