“Llama a alguien a quien le importes”, me dijo mi hija mientras yo estaba atrapado bajo el techo derrumbado de mi propia casa. No respondí con rabia; llamé al 911 y luego activé un protocolo que llevaba años sin usar. Al día siguiente, ella llegó llorando al hospital con una pregunta distinta a “¿estás bien?”… y una vieja carta de mi esposa iba a explicar por qué.

Daniela no había entrado por casualidad a la familia Alcántara.

La habían elegido.

Y cuando leímos quién había diseñado el plan desde el principio, entendí que la transferencia robada y el techo saboteado eran apenas piezas de algo mucho más grande.


PARTE 3

El cerebro era Rodrigo Alcántara.

Hermano mayor de Mauricio.

Durante años había manejado las inversiones familiares desde oficinas elegantes en Santa Fe, presentándose como administrador de patrimonios de empresarios, médicos retirados y familias que habían trabajado toda una vida para construir algo que dejarles a sus hijos.

Su padre, Héctor, ponía el apellido.

Su madre, Isabel, organizaba cenas, eventos benéficos y relaciones sociales.

Mauricio atraía clientes jóvenes.

Rodrigo controlaba el dinero.

Elena había descubierto que el Grupo Alcántara no generaba los rendimientos que presumía. El capital de nuevos inversionistas entraba por una empresa, pasaba por varias sociedades y regresaba maquillado como “ganancia”.

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