Andrés guardó silencio.
“En el último dijiste: ‘Andrés, creo que esta puede ser la última oportunidad que tengas de hablar con ella’.”
Sentí las lágrimas bajar por mi rostro.
Él comenzó a llorar también.
“Tuve 30 oportunidades.”
No supe qué contestar.
“30 oportunidades de ser su hijo cuando me necesitaba.”
Miré la fotografía de Elena.
“Andrés, tu mamá te quería.”
“Lo sé.”
“Pero quería que aprendieras a estar presente.”
“Lo entendí demasiado tarde.”
Quizá sí.
Pero también comprendí algo más.
No todo arrepentimiento llega para reconstruir lo que rompimos.
A veces llega simplemente para impedir que volvamos a romper a otra persona.
Antes de colgar, Andrés dijo:
“Gracias por no dejarla sola.”
Apoyé una mano sobre la mesa.
“Era mi mamá también.”
“Lo sé.”
Hizo una pausa.
“Tuvo suerte de tenerte.”
Miré la casa.
La lavanda de la entrada.
Los libros de Elena.