CAPÍTULO 1: TREINTA LLAMADAS QUE NUNCA CONTESTÓ
—¡¿Puedes dejar de llamarme como una loca, Rosa Elena?! ¡Estoy en medio de unas negociaciones importantísimas!
La voz furiosa de mi esposo retumbó en el teléfono.
Me quedé inmóvil en nuestra sala, mirando la pequeña urna blanca que descansaba sobre la chimenea.
Dentro estaban las cenizas de su madre.
Doña Mercedes había muerto hacía menos de veinticuatro horas.
Y su único hijo todavía no lo sabía.
—Julián, necesito decirte algo —murmuré.
—¡Te dije que estoy ocupado! ¡No puedo estar resolviendo tus dramas a cada rato!
Detrás de su voz escuché algo que me heló la sangre.
Olas.
Risas de una mujer joven.
Y el sonido de dos copas chocando.
—Amor, ven, que se está enfriando el champán —dijo una voz femenina.
Reconocí inmediatamente aquella voz.
Era Daniela Montes.
La asistente personal de mi esposo.