La misma mujer que llevaba meses apareciendo en fotografías de supuestos viajes de negocios.
Julián cubrió el micrófono durante unos segundos.
Después regresó a la llamada.
—Rosa Elena, tengo que colgar. No vuelvas a marcarme a menos que sea una verdadera emergencia.
Miré la urna.
Sentí que algo dentro de mí se rompía definitivamente.
—Está bien, Julián.
—Por fin entiendes.
Colgó.
No le dije que su madre había muerto.
No porque quisiera castigarlo.
Sino porque llevaba dos días intentando comunicarme con él y ya no tenía fuerzas para soportar otra humillación.
Mi nombre es Rosa Elena Hernández.
Tenía cuarenta y cinco años y llevaba veinte casada con Julián Villaseñor, un empresario de Guadalajara que había construido una compañía de distribución de equipos médicos.
Durante los primeros años de matrimonio creí que éramos felices.