Eran las 3:07 de la madrugada cuando vi a una niña desconocida parada en medio de mi jardín.
Llevaba un vestido amarillo, tenía el cabello oscuro recogido en dos trenzas y sostenía un pequeño oso de peluche contra su pecho.
No parecía tener más de ocho años.
Estaba completamente inmóvil, mirando hacia la ventana de mi dormitorio.
Al principio pensé que se había perdido.
Quizás había salido de su casa sin que sus padres lo notaran.
Pero había algo extraño.
La niña no lloraba.
No pedía ayuda.
Ni siquiera parecía sentir el frío de aquella madrugada.
Simplemente permanecía allí, observando mi casa.
Me acerqué a la ventana y levanté un poco la cortina.
Entonces ocurrió algo que todavía recuerdo con absoluta claridad.
La niña levantó lentamente una mano y señaló hacia mi puerta principal.