Después bajó la mirada.
—Si prefieres irte, lo entiendo.
Varias personas de las mesas cercanas nos observaban.
Algunos intentaban disimular.
Otros ni siquiera lo intentaban.
Una mujer joven llegando con una bebé a una cita con un hombre mucho mayor llamaba la atención.
Yo también sabía cómo se veía desde fuera.
Nueve años antes de contar esta historia, mi vida podía resumirse fácilmente con palabras que a mucha gente le habrían parecido envidiables.
Había fundado una empresa de desarrollo de software cuando apenas pasaba de los veinte años.
Después de tres décadas de trabajo, aquella pequeña empresa se había convertido en un negocio enorme, con cientos de empleados y clientes en distintos países.
Tenía un departamento amplio en una torre privada de Querétaro.
Tenía una casa para descansar algunos fines de semana.