Llegué a la consulta creyendo que mis náuseas eran hormonales y salí mirando 2 bebés en la ecografía, mientras mi marido de 48 años palidecía. Durante años escuché: «Nunca podrás darle un heredero a esta familia». No lloré; pedí nuestros informes médicos. Entonces el doctor encontró un dato de hacía 11 años que Alejandro me había ocultado. –

El especialista fue claro.

Ninguno de los 2 era estéril en sentido absoluto.

Ambos tenían una fertilidad muy reducida.

Improbable no significaba imposible.

—Entonces… ¿estos niños son nuestros? —preguntó Alejandro.

El médico casi se echó a reír.

—Todo indica que sí. La medicina trabaja con probabilidades, no con profecías.

Durante unos días, la casa se llenó de una felicidad torpe. Carmen cocinaba 5 platos porque Isabel rechazaba 4. Alejandro compraba vitaminas que el médico no había pedido y después tenía que devolverlas.

Hasta que Beatriz apareció en Madrid.

Había venido por trabajo y Carmen la invitó a tomar café.

Isabel esperaba tensión.

Encontró a una mujer tranquila que, al enterarse del embarazo, sonrió sinceramente.

—Me alegro mucho por vosotros.

Antes de marcharse, Beatriz pidió hablar a solas con Isabel.

—Alejandro tiene un defecto peligroso —le dijo—. Cuando algo le asusta, lo esconde creyendo que así protege a los demás.

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