Carmen reconoció algo que llevaba una década avergonzándola.
Había acompañado a Beatriz a especialistas, le había comprado remedios que nadie había recetado y había convertido cada comida familiar en una conversación sobre hijos.
Alejandro lo había permitido.
—Pensaba que el problema no podía ser mío —admitió él—. Cuando Beatriz me pidió que nos hiciéramos pruebas juntos, siempre encontraba una excusa.
Ella terminó pidiendo el divorcio.
3 meses después, Alejandro acudió finalmente al médico.
El resultado fue aquel informe.
—Cuando entendí lo que habíamos hecho —continuó Carmen—, llamé a Beatriz para pedirle perdón.
Isabel miró a su marido.
De repente entendía por qué Carmen jamás la había presionado.
No era indiferencia.
Era remordimiento.
Al día siguiente, Isabel y Alejandro repitieron todas las pruebas. También recuperaron un análisis que Isabel había olvidado en casa de su madre y que demostraba que su respuesta al tratamiento había mejorado mucho antes de conocer a Alejandro.