Llegué a mi casa después de tres días de trabajo y encontré mi cama tirada en la banqueta, como si fuera basura; mi cuñado estaba instalándose en mi recámara principal mientras mi hermana lo apoyaba en silencio. Me ordenaron irme porque, según ellos, ahora la casa les pertenecía… pero esa tarde descubrí que la familia también puede convertirse en invasora.

Las cosas de Patricia y los niños las puse aparte, con cuidado. Porque una cosa era defenderme y otra desquitarme con mis sobrinos. Sus mochilas, juguetes y ropa quedaron ordenados en cajas. No quería lastimar a los niños. Pero tampoco iba a permitir que los usaran como escudo para robarme.

A las cinco de la tarde escuché el coche.

Primero risas. Luego pasos. Luego la llave entrando en la cerradura.

Nada.

—No abre —dijo Patricia.

—Dame acá —contestó Héctor.

Probó su llave. Tampoco.

Tocaron.

Esperé.

Volvieron a tocar, más fuerte.

Abrí después de medio minuto. Patricia estaba pálida. Héctor tenía la mandíbula apretada. Los niños estaban detrás, confundidos.

—¿Cambiaste las cerraduras? —preguntó Patricia.

—Cambié las cerraduras de mi casa.

Héctor intentó empujar la puerta.

—Hazte a un lado.

No me moví.

—Tú no entras.

—Vivimos aquí.

—No. Ustedes estaban invitados temporalmente. Ese permiso terminó cuando sacaron mi cama a la calle y trataron de echarme.

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