Llegué a mi casa después de tres días de trabajo y encontré mi cama tirada en la banqueta, como si fuera basura; mi cuñado estaba instalándose en mi recámara principal mientras mi hermana lo apoyaba en silencio. Me ordenaron irme porque, según ellos, ahora la casa les pertenecía… pero esa tarde descubrí que la familia también puede convertirse en invasora.

Patricia empezó a llorar.

—Andrés, por favor. Los niños.

Miré a Camila y Diego. Me dolió. Claro que me dolió. Diego abrazaba una bolsa de juguetes nueva. Camila miraba al piso, como si ya entendiera más de lo que una niña debería entender.

Bajé la voz.

—Niños, esto no es culpa de ustedes.

Patricia dio un paso.

—Entonces déjanos entrar.

La miré.

—No confundas mi cariño por ellos con permiso para que tú me destruyas.

Héctor soltó una risa.

—No puedes echarnos así. Llamaré a la policía.

Saqué mi celular.

—Llámala. Yo también quiero contarles cómo entraste a mi recámara, sacaste mis pertenencias y me dijiste que me fuera de una propiedad a mi nombre.

Su rostro cambió. La valentía se le escurrió como agua entre los dedos.

—Eres un desgraciado —murmuró.

—No. Fui un tonto durante un año. Hoy se acabó.

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