Patricia tuvo que pedir más horas en el supermercado y tomar trabajos de limpieza por las noches. La vida que evitó construir mientras estuvo cómoda en mi casa la alcanzó de golpe. No me alegró saberlo, pero tampoco sentí culpa. Hay consecuencias que no son venganza. Son simplemente la cuenta llegando a la mesa.
Tres meses después, Camila me escribió desde el celular de una amiga. No me pidió dinero. No me reclamó. Solo decía:
“Tío, perdón por lo que pasó. Yo no sabía que iban a hacer eso con tu cuarto. Extraño tu casa, pero entiendo que te enojaras. Gracias por dejarnos vivir ahí antes”.
Lloré al leerlo.
Le respondí que ella y Diego siempre serían mis sobrinos, que nada de eso era su culpa, y que cuando fueran mayores y pudieran visitarme sin manipulaciones de adultos, mi puerta estaría abierta para ellos. Para ellos, no para sus padres.