Héctor sonrió, creyendo que había ganado.
—Qué bueno que entiendes.
—Sí —respondí—. Entiendo perfectamente.
Salí de la recámara, caminé por el pasillo, pasé junto a mis muebles movidos, mis fotos quitadas, mis cosas arrinconadas. Afuera, vi mi cama en la banqueta. Un señor que pasaba la miró como preguntándose si estaba abandonada.
No dije nada. Subí al coche y manejé.
Pero no fui a un hotel para rendirme. Fui a una ferretería.
Compré cerraduras nuevas, de seguridad, para la puerta principal, la trasera y el acceso del garaje. Luego reservé una habitación en un hotel sencillo. Esa noche no dormí. Tenía el cuerpo en una cama ajena, pero la mente en mi casa. Me imaginaba a Héctor acostado en mi recámara, sintiéndose dueño. Me imaginaba a Patricia convencida de que yo, como siempre, terminaría cediendo.
El viernes no hice nada. Dejé que se confiaran. A veces, para recuperar lo tuyo, hay que esperar el momento exacto.