El sábado por la mañana estacioné a media cuadra. A las diez vi salir a Patricia, Héctor y los niños. Iban arreglados, como familia feliz. Héctor manejaba el coche viejo de Patricia con una seguridad que me dio náusea. Los seguí unas cuadras y confirmé que iban rumbo a una plaza comercial.
Entonces regresé.
Llamé a un cerrajero de emergencia.
—Necesito cambiar las cerraduras de mi casa hoy mismo.
—¿Perdió las llaves?
—No. Tengo ocupantes no autorizados.
El hombre no preguntó más. En México, los cerrajeros han visto de todo: pleitos de pareja, hermanos abusivos, inquilinos vivos, suegras atrincheradas. Llegó con su caja de herramientas y trabajó rápido. En dos horas, mi casa volvió a cerrarse para cualquiera que no fuera yo.
Cuando me entregó las llaves nuevas, sentí el peso del metal en la palma como si fueran una sentencia.