—Deja de hablar de lo mal que te sientes tú y escucha lo que siente tu hija.
Raúl no volvió a entrar aquel día.
Los siguientes días fueron extrañamente tranquilos. Lucía aprendía a levantarse despacio, a caminar por el pasillo y a decir con precisión cuándo algo le molestaba. Cada vez que una enfermera le preguntaba cuánto dolor sentía, miraba primero a Claudia, como buscando permiso.
Claudia empezó a responder siempre lo mismo:
—Dilo como lo sientes.
Al 4.º día volvieron a casa. El piso parecía igual: las zapatillas de Raúl junto al mueble de la entrada, su taza en el fregadero, una chaqueta colgada detrás de una silla. Sin embargo, para Claudia todo había cambiado.
Raúl estaba esperando en el salón.
Había comprado flores para Lucía. Ella se quedó quieta en la puerta.