No fue una frase perfecta. Pero fue la primera vez que asumió el problema sin convertirlo en una defensa sobre sus intenciones.
3 meses después, Lucía preparaba la mochila para volver a clase con horario completo. Había recuperado color en la cara, salía con sus amigas y discutía con Claudia por cosas normales.
Aquella mañana se detuvo en la cocina y se llevó una mano al abdomen.
Claudia sintió un miedo inmediato, pero no dejó que se notara.
—¿Qué pasa?
—Tengo una molestia. No es como antes. Puede que no sea nada, pero quiero preguntar.
No hubo dramatismo. No hubo reproches. No hubo una mirada que le dijera que estaba estropeando el día.
Claudia llamó al teléfono de seguimiento, explicó los síntomas y siguió las indicaciones. Después preparó el desayuno.
Lucía la observó desde la mesa.
—Antes habría esperado.