Claudia le respondió una sola vez:
—La familia no se rompe porque una niña hable. Se rompe cuando una niña cree que tiene que callarse para que los adultos estén tranquilos.
Teresa no volvió a insistir.
Se acordó que toda información médica de Lucía se compartiría directamente entre los adultos. Nunca más sería la adolescente quien tuviera que transmitir un diagnóstico, recordar una cita o guardar un secreto. Las visitas con Raúl se fueron normalizando lentamente, al ritmo que Lucía podía tolerar.
Él cambió, aunque no de un día para otro.
A veces volvía a justificarse. Otras conseguía escuchar. En una de las sesiones familiares, Lucía le dijo que todavía se ponía nerviosa antes de contarle que algo le dolía.
Raúl no respondió que estaba exagerando.
—Entiendo que tengas miedo por lo que hice —dijo—. Voy a intentar que no tengas que volver a adivinar cómo voy a reaccionar.