No eran conductas equivalentes.
Comprender diferencias evitaba otra trampa: creer que reconocer un error propio reduce automáticamente la responsabilidad ajena.
Una tarde Nerea llevó dos cafés a la oficina.
En uno había escrito:
«Para Lucía. Propiedad privada.»
Lucía soltó una carcajada.
—Te dije que dejaras eso.
—Han pasado casi dos años.
—Precisamente.
Nerea colocó el vaso sobre la mesa.
—Entonces quizá ya podamos reírnos un poco.
Lucía lo sostuvo.
Recordó la recepción.
La bofetada.
Las caras mirando al suelo.
Durante meses cualquier vaso con un nombre escrito le producía tensión.
Ahora solo era café.
Bebió.
—Está frío.
—La justicia nunca es perfecta.
Aquella frase quedó flotando entre ambas.
Más tarde la convertirían en broma habitual.
Lucía empezó también a relacionarse con gente fuera del antiguo círculo profesional.
No buscó pareja inmediatamente.
Durante un tiempo las personas le preguntaban si había «vuelto a confiar en los hombres».