Lucía fue a la oficina de su marido a tomar un café, sin imaginar que la nueva secretaria la abofetearía delante de todos, gritando: “¡Es mi marido!”. Pero esa bofetada fue solo el comienzo de una verdad mucho más oscura. Entre una firma falsificada, una carta de renuncia preparada a sus espaldas, una notaría en Madrid y una empresa que intentaban apoderarse, se reveló un plan secreto mucho mayor. Lucía tendría que elegir entre hundirse en la humillación o recuperar su honor, su dignidad y el control sobre todo lo que había construido a lo largo de los años.

Cuando empezaron a compartir más tiempo, explicó también la empresa.

Propiedad.

Horarios.

Responsabilidades con su madre.

No ocultó partes grandes de su vida por miedo a parecer complicada.

Marcos hizo preguntas.

Algunas inteligentes.

Otras terribles.

—¿Entonces una rehabilitación integral es básicamente reformar un piso muy grande?

Lucía lo miró.

—Acabas de insultar a varias profesiones.

—Estoy aprendiendo.

Ella rio.

Eso era lo que necesitaba.

Curiosidad.

No conocimiento perfecto.

Alguien dispuesto a preguntar antes de decidir qué significaba su trabajo.

Mientras tanto Javier empezó otra etapa profesional.

Lucía supo que trabajaba como consultor comercial para una empresa de materiales.

No utilizó contactos para perjudicarlo.

Un proveedor preguntó si debía evitar colaborar con él.

Lucía respondió:

—Cumplid vuestros procedimientos. No necesito una lista negra personal.

Fue una decisión importante.

Venganza profesional habría sido fácil.

También habría mantenido a Javier dentro de su vida.

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