Invitaron a asociaciones y cuidadores.
Una mujer de setenta años señaló que una cocina técnicamente accesible seguía obligándola a estirarse demasiado para llegar a ciertos enchufes.
Un hombre con movilidad reducida criticó la ubicación de un armario.
El proyecto mejoró.
Lucía empezó a entender que la etapa cuidando a su madre no había sido únicamente interrupción profesional.
También le había dado conocimientos que antes no tenía.
La sociedad había utilizado aquella etapa para etiquetarla como menos disponible.
Ahora podía convertir esa experiencia en mejor trabajo sin romantizar el agotamiento.
Cuidar no necesitaba ser castigo ni virtud heroica.
Era trabajo.
Tiempo.
Atención.
Y, en millones de familias, recaía desproporcionadamente sobre mujeres cuya ausencia después se interpretaba como menor compromiso laboral.
Lucía habló de eso durante una jornada empresarial.
—El talento no desaparece cuando alguien acompaña a su madre a rehabilitación —dijo—. Lo que suele desaparecer es la paciencia de las organizaciones para diseñar sustituciones y continuidad.