Lucía fue a la oficina de su marido a tomar un café, sin imaginar que la nueva secretaria la abofetearía delante de todos, gritando: “¡Es mi marido!”. Pero esa bofetada fue solo el comienzo de una verdad mucho más oscura. Entre una firma falsificada, una carta de renuncia preparada a sus espaldas, una notaría en Madrid y una empresa que intentaban apoderarse, se reveló un plan secreto mucho mayor. Lucía tendría que elegir entre hundirse en la humillación o recuperar su honor, su dignidad y el control sobre todo lo que había construido a lo largo de los años.

Javier había dormido alguna noche sobre dos sillas mientras terminaban un presupuesto.

Lucía había confiado en él porque durante mucho tiempo tuvo razones reales para hacerlo.

Aceptar eso no la hacía ingenua.

Solo evitaba que la traición actual devorara cada recuerdo anterior.

Marta le dijo:

—Las relaciones pueden terminar mal sin haber empezado como fraude.

Lucía guardó algunas fotografías.

Tiró otras.

No necesitaba decidir una categoría única para todo el pasado.

A los dos años de la reapertura, Línea Habitable obtuvo un contrato para rehabilitar un edificio donde varias viviendas debían adaptarse para personas mayores o con movilidad reducida.

Lucía propuso incluir a usuarios reales durante el diseño.

El arquitecto principal dijo que cumplir normativa era suficiente.

Ella recordó a su madre intentando bañarse después del ictus.

—Cumplir normativa evita ciertos errores. No significa saber cómo vive una persona.

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