Lucía fue a la oficina de su marido a tomar un café, sin imaginar que la nueva secretaria la abofetearía delante de todos, gritando: “¡Es mi marido!”. Pero esa bofetada fue solo el comienzo de una verdad mucho más oscura. Entre una firma falsificada, una carta de renuncia preparada a sus espaldas, una notaría en Madrid y una empresa que intentaban apoderarse, se reveló un plan secreto mucho mayor. Lucía tendría que elegir entre hundirse en la humillación o recuperar su honor, su dignidad y el control sobre todo lo que había construido a lo largo de los años.

Había trabajadores.

Clientes.

Proveedores.

Familias que dependían de nóminas.

La reconstrucción debía tenerlos en cuenta.

Su primer impulso había sido cerrar accesos a todo lo relacionado con Javier.

Don Esteban se negó.

—No puedes tratar un conflicto societario como si fueras la única propietaria.

Lucía poseía mayoría.

Eso le daba capacidad.

También responsabilidades.

Convocó formalmente una junta de socios para revisar la administración.

Javier impugnó la convocatoria al principio.

Después acudió con abogado.

Lucía propuso su cese como administrador por pérdida de confianza y conflicto de interés, acompañado de documentación sobre operaciones con Montalvo Ferrer.

Con su cincuenta y cinco por ciento, y respetando los estatutos y procedimientos correspondientes, la propuesta salió adelante.

Javier dejó de ser administrador.

No dejó de ser socio.

Eso fue importante.

Lucía no podía simplemente expulsarlo de aquello que legalmente también le pertenecía.

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