Le respondí suavemente:
«Mamá, no puedes cambiar el pasado. Pero sí puedes asegurarte de que nunca vuelva a repetirse».
Mi madre prometió buscar ayuda profesional.
En cuanto a mí, conservé el cuaderno azul como recordatorio de cuánto tiempo puede transmitirse un error dañino de una generación a otra cuando nadie se atreve a hablar.
Hoy mis hijas están mucho mejor.
Han vuelto a jugar, a reír y a dormir tranquilamente.
A veces vienen corriendo hacia mí para abrazarme.
Y cada vez que dicen: «Mamá, ya es suficiente», las suelto inmediatamente.
Porque ahora sé algo con absoluta certeza.
Un niño nunca debería tener que soportar dolor para demostrar su amor. Y cuando un niño dice «¡ME DUELE!», la responsabilidad de un adulto es escucharlo, no enseñarle a quedarse callado.