“Mamá, vacié tus gotas en el té de mi nuevo papá para que ya no te hicieran daño”, dijo mi hija. Él llevaba una hora conectado a máquinas en cuidados intensivos y yo aún creía que todo había sido un accidente. Guardé silencio y dejé que el laboratorio analizara aquel pequeño frasco. El resultado hizo que revisaran mi testamento, mis dos años de enfermedad y hasta la muerte de mi primer esposo.

Una lágrima salió del ojo derecho de Ignacio.

Rodrigo no supo si era dolor, miedo o rabia.

—La niña vertió todo el frasco en su té —continuó—. Si no lo hubiera hecho, tal vez nadie habría descubierto nada todavía.

Ignacio cerró los ojos.

Rodrigo acomodó la sábana y se enderezó.

—La policía dice que tiene derecho a guardar silencio. Yo solo vine a decirle que va a vivir.

Ignacio volvió a abrirlos.

Por un instante pareció aliviado.

Rodrigo terminó:

—Y va a tener tiempo de escuchar todo lo que encontraron.

Después salió del cubículo.

Tamara lo esperaba afuera con café.

—¿Te da lástima? —preguntó ella.

Rodrigo bebió un sorbo.

—Soy médico. Mi trabajo es que sobreviva.

—No fue lo que pregunté.

Rodrigo miró a través del vidrio.

—No. No me da lástima.

Durante las siguientes semanas, Elena y Camila mejoraron lentamente.

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