“Mamá, vacié tus gotas en el té de mi nuevo papá para que ya no te hicieran daño”, dijo mi hija. Él llevaba una hora conectado a máquinas en cuidados intensivos y yo aún creía que todo había sido un accidente. Guardé silencio y dejé que el laboratorio analizara aquel pequeño frasco. El resultado hizo que revisaran mi testamento, mis dos años de enfermedad y hasta la muerte de mi primer esposo.

—La farmacia que preparó estos frascos pertenece al primo de Ignacio Salgado.

Por primera vez, Patricia perdió color.

—Eso no prueba que yo supiera nada.

—Tampoco encontramos ecocardiogramas de Elena en el servidor —dijo Rodrigo—. Dos años de supuesta cardiomiopatía y ni un solo estudio guardado.

—Estaban en archivo externo.

—No.

Patricia clavó los ojos en él.

Rodrigo continuó:

—Revisé los electrocardiogramas. Bradicardia, alteraciones compatibles con intoxicación. Y aun así usted escribió “progresión de insuficiencia cardiaca”.

Marcela abrió una carpeta.

—También hablamos con el notario. Recuerda perfectamente que usted estuvo presente cuando Elena firmó su testamento.

Patricia guardó silencio.

—Recuerda otra cosa —añadió Marcela—. Ignacio Salgado no estaba tomado de la mano de su esposa aquel día. Estaba tomado de la suya.

El silencio se volvió espeso.

Rodrigo vio cómo la doctora bajaba los ojos.

—Yo lo amaba —dijo por fin.

Nadie respondió.

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