PARTE 1
—Yo no me tomé las gotas, doctor. Se las eché todas al té de Ignacio.
La niña lo dijo abrazando un conejo gris contra el pecho, como si acabara de confesar que había roto un vaso.
El doctor Rodrigo Cárdenas levantó la mirada de la charola metálica. Eran las 15:40 en urgencias de un hospital de Guadalajara. Diez minutos antes había intubado a Ignacio Salgado, empresario de cuarenta y cuatro años, ingresado con convulsiones, pulso peligrosamente lento y pérdida de la conciencia.
—Camila, ¿cuántas gotas le pusiste?
—Todas. Mamá toma diez. Yo vacié el frasco completo.
Elena, sentada en la camilla, se puso rígida.
—Camila, eso no se inventa.
—No estoy inventando. Tú dijiste que esas gotas te hacen sentir peor. No quería que te doliera el corazón otra vez.
Rodrigo observó a Elena. Treinta y un años. Diagnóstico de cardiomiopatía desde hacía casi dos años. Fatiga, arritmias, debilidad, pérdida de cabello. En su bolsa había dos frascos sin etiqueta comercial: uno para ella y otro, supuestamente “para fortalecer las defensas” de Camila.
También había un peine infantil lleno de cabellos claros.
—¿A tu hija también se le cae el pelo?
Elena tragó saliva.
—Desde hace meses. La doctora Patricia Robles dijo que era estrés. Camila perdió a su papá hace dos años. Nos recomendó vitaminas y descanso.
—¿Patricia Robles, jefa de Cardiología?
—Sí. Ella me trata desde que empecé a enfermarme. Ignacio me llevó con ella.
Rodrigo giró hacia la enfermera.
—Tamara, pide análisis urgente de metales pesados para Ignacio, Elena y la niña. Y que nadie de Cardiología toque estos frascos.
—Doctor… la doctora Robles ya viene bajando.
Patricia apareció impecable, bata blanca cerrada y cabello perfectamente recogido.
—Rodrigo, Elena es mi paciente. Tiene una enfermedad cardiaca grave. La subiré a mi piso.
—No.
Patricia parpadeó.
Rodrigo levantó uno de los frascos.
—Su esposo está en terapia intensiva después de beber el contenido completo de esto.
—Es un preparado herbolario.
—No hay composición.
—La farmacia trabaja por receta.
—Entonces no tendrá problema en que lo analicemos.
El rostro de Patricia siguió inmóvil.
—Los niños dicen cualquier cosa.
Rodrigo la miró fijamente.
—Por eso no voy a creerle a la niña. Voy a creerle al laboratorio.
Veinte minutos después, el reactivo del primer frasco cambió a un amarillo intenso.