“Mamá, vacié tus gotas en el té de mi nuevo papá para que ya no te hicieran daño”, dijo mi hija. Él llevaba una hora conectado a máquinas en cuidados intensivos y yo aún creía que todo había sido un accidente. Guardé silencio y dejé que el laboratorio analizara aquel pequeño frasco. El resultado hizo que revisaran mi testamento, mis dos años de enfermedad y hasta la muerte de mi primer esposo.

El técnico palideció.

—Doctor… positivo para talio. En concentración muy alta.

Repitió la prueba con el frasco de Camila.

Otra vez amarillo.

Rodrigo sintió un frío profundo en el estómago.

Un tóxico en las gotas de una mujer enferma.

El mismo tóxico en las “vitaminas” de una niña de cinco años.

Cuando volvió al cubículo, Elena seguía mirando a su hija.

—Elena, ¿hiciste testamento?

Ella palideció.

—Sí. Ignacio insistió. Patricia también. Decían que mi corazón podía fallar en cualquier momento.

—¿Quién hereda?

—Mis hoteles quedan para Camila, pero Ignacio administra todo hasta que cumpla dieciocho.

—¿Y si a Camila le pasa algo?

Elena cerró los ojos.

—Entonces todo queda a nombre de Ignacio.

Camila abrazó más fuerte al conejo.

Rodrigo comprendió que la niña no había cometido una travesura.

Había interrumpido un plan que llevaba casi dos años funcionando.

Y lo peor todavía no era eso.

PARTE 2

Rodrigo ordenó iniciar azul de Prusia de inmediato para Elena y Camila. Les explicó que era un antídoto usado para atrapar el talio en el intestino y ayudar al cuerpo a eliminarlo. Elena apenas escuchaba. Miraba sus manos, sus uñas, los mechones de cabello en la almohada.

—Entonces mi corazón no estaba muriendo por sí solo —murmuró.

—Está enfermo —respondió Rodrigo—, pero la causa puede ser la intoxicación prolongada. Y eso cambia todo.

Camila, desde la camilla de al lado, levantó la cara.

—¿Mamá se va a curar?

—Vamos a hacer todo para que sí.

La niña asintió, satisfecha con una respuesta sencilla.

Luego dijo:

—Ignacio decía que mamá pronto iba a irse con mi papá al cielo.

Elena giró la cabeza.

—¿Qué?

—Me decía que yo tenía que portarme bien porque después íbamos a quedarnos solos él y yo.

A Elena se le quebró la respiración.

Rodrigo no dijo nada. No hacía falta.

Una hora después llegaron dos agentes de la Fiscalía de Jalisco. La investigadora principal, Marcela Torres, pidió los frascos, las recetas y el expediente clínico.

Patricia Robles intentó detenerla desde su oficina.

—Esto es un absurdo. Están destruyendo la reputación del hospital por una prueba preliminar.

Marcela dejó sobre el escritorio una copia del registro de la farmacia.

—La farmacia que preparó estos frascos pertenece al primo de Ignacio Salgado.

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