Los niveles de talio eran antiguos, repetidos, constantes.
No se trataba de un intento reciente.
No era una crisis repentina.
Alguien había estado envenenándola desde pocas semanas después de su boda.
Marcela levantó la vista del informe.
—Hay una cosa más.
Rodrigo sintió que la habitación se enfriaba.
—¿Cuál?
—El primer marido de Elena murió ahogado en el lago de Chapala. Ignacio estaba con él ese día.
Elena, desde la puerta, alcanzó a escuchar esa frase.
Y el grito que lanzó hizo que todo el pasillo se quedara en silencio.
PARTE 3
Elena no recordaba haber llegado hasta la oficina.
Recordaba únicamente la palabra “Chapala”.
Su primer esposo, Mauricio, había muerto dos años y medio antes durante una salida en lancha con varios socios. Dijeron que cayó al agua cuando intentó asegurar una cuerda. Ignacio había sido quien llamó a Elena. También fue quien organizó el funeral, habló con empleados, resolvió pagos pendientes y se quedó a su lado cuando ella ya no podía ni contestar el teléfono.
Durante meses, Elena pensó que le debía la vida.
Después creyó que le debía amor.
Ahora no sabía si le debía una explicación a su esposo muerto.
—¿Por qué están revisando eso? —preguntó con la voz rota.
Marcela abrió otra carpeta.
—Porque encontramos mensajes de Ignacio de hace tres años con uno de los hombres que estaba en la lancha. No dicen claramente que haya cometido un homicidio. Pero hablan de “asegurar que Mauricio no regrese” y de “dejar el asunto en manos del agua”.
Elena se tapó la boca.
Rodrigo la sostuvo del brazo antes de que se desplomara.
—No sabemos todavía qué pasó —dijo Marcela—. No voy a mentirle. Puede haber otra explicación. Pero vamos a investigar.
Camila apareció en el pasillo acompañada por Tamara, todavía con el conejo gris apretado contra el pecho.
—Mamá.
Elena se arrodilló y la abrazó.
Por primera vez desde que llegó al hospital, lloró sin intentar contenerse.
No por el dinero.
No por los hoteles.
No por el testamento.
Lloró porque durante dos años había enseñado a su hija a confiar en un hombre que quizá había destruido a su familia desde el principio.
Esa misma noche, la Fiscalía cateó la casa de Ignacio y Elena en Zapopan.