Sacrifiqué prácticamente todo para convertirme en médico.
Pero nada de lo que aprendí en la universidad me preparó para conocer a Alicia.
Tenía dieciocho años, era hermosa y, de alguna manera, la persona más divertida de todo el hospital.
Incluso cuando los tratamientos la dejaban completamente agotada, siempre encontraba motivos para reír. Bromeaba con las enfermeras, se burlaba cariñosamente de mi expresión seria y siempre tenía alguna historia absurda que contarme cada vez que entraba en su habitación.
—Doctor Lucas, ¿alguna vez le han dicho que sonreír es completamente gratis?
Yo fingía estar molesto.
Y ella estallaba en carcajadas.
Con el tiempo, empecé a darme cuenta de que esperaba nuestras conversaciones mucho más de lo que debería.
Entonces todo cambió.
Los médicos descubrieron que sus medicamentos ya no estaban funcionando.
No quedaba ningún tratamiento capaz de detener su enfermedad.