Durante seis años, Andrés y yo soñamos con ser padres. Cada prueba negativa nos rompía un poco, pero él siempre me repetía que nuestro momento llegaría. Su madre, Beatriz, nos ayudó a preparar el cuarto, eligió la ropita y llamaba todos los días para saber cómo estaba. Yo me sentía afortunada.
Cuando por fin quedé embarazada, Andrés lloró de felicidad. Armó la cuna con sus propias manos y eligió el nombre de nuestra niña: Valentina.
El momento en que todo cambió
El parto salió bien. Valentina nació sana, con unos deditos delicados y las mejillas más suaves que he tocado. Andrés estaba a mi lado, sonriendo entre lágrimas. Pero cuando se inclinó para mirarla de cerca, su sonrisa se apagó.
—Esto no es lo que esperaba —murmuró.
Beatriz la observó en silencio y soltó dos palabras que todavía me duelen: «Qué decepción». Antes de irse, Andrés me dijo que no volviera a casa y que quería el divorcio. Salieron de la habitación sin darme una sola explicación.