Dos días después, mi padre me llevó a recoger mis cosas. Las encontramos en bolsas negras, afuera de la puerta. Desde la ventana vi la cuna, la mecedora, la mantita que él mismo había elegido. Llamé, y escuché su teléfono sonar dentro. Nadie salió.
Una visita inesperada
Esa noche lloré junto a la cuna de Valentina, en casa de mis padres. Pero también me prometí algo: mi hija no iba a crecer viendo a su madre rogar por un lugar.
A la mañana siguiente sonó el timbre. Eran Andrés y Beatriz, con los ojos rojos de no dormir. Él lloraba. Me pidió ver a la niña y me dijo que tenía algo que contarme antes de perderlo todo.
—Hay algo de mi pasado que debí decirte hace años —confesó.
La verdad que escondían
A los diecinueve años, Andrés había tenido una hija con una chica llamada Camila. Era una relación corta, de adolescentes, y cuando Camila quedó embarazada, Beatriz lo convenció de que aquello arruinaría su futuro. Le pidió que guardara el secreto y que no se acercara a la niña. Camila se mudó a otra ciudad y crió sola a Sofía, que ahora tenía doce años.