Pero algo más hizo ruido en mi cabeza: había una niña de doce años que no tenía la culpa de nada. Una niña que había crecido sin su padre por culpa de un secreto de adultos.
—Quiero conocerla —le dije—. Pero no por ti. Por ella.
Esa misma semana, Andrés llamó a Camila. Dos semanas después, Sofía estaba sentada en la sala de mis padres, mirando con curiosidad a la bebé que tenía su misma frente y la misma forma de la nariz. Cuando Valentina le sujetó un dedo, la niña sonrió por primera vez.
Con Andrés no volví a vivir bajo el mismo techo. Le pedí que fuera a terapia, que hablara con Sofía con honestidad y que se ganara, un día tras otro, el derecho a estar en la vida de sus dos hijas. Hoy sigue en ese camino. Yo decidí que mi hija crecería sabiendo que tiene una hermana mayor, y que la verdad, por dolorosa que sea, siempre es mejor que un secreto.