No dejaba de pensar en cómo me veía, en lo grande que era mi barriga y en si mis piernas parecían demasiado gruesas.
Pero después de unos minutos, empecé a nadar.
Entonces salpiqué agua hacia mi abuelo.
Él soltó una carcajada.
Y por primera vez en años, mcorazón.
—Sigues siendo la misma Emily. Pero algunas personas crueles te convencieron de que no mereces disfrutar de tu propia vida.
Bajé la cabeza.
—Abuelo, no lo entiendes. La gente se me queda mirando.
—Tal vez lo hagan. Pero sus miradas no determinan cuánto vales.
Entonces mi abuelo hizo algo que jamás habría imaginado.
Se quitó la camisa.
Tenía una gran cicatriz de una antigua operación que le cruzaba el abdomen.
Nunca la había visto.
—¿Ves esto? —me preguntó.
—Sí.
—Yo también me he avergonzado de mi cuerpo. Durante años he evitado nadar porque pensaba que la gente se quedaría mirando mi cicatriz, mi barriga envejecida y mis arrugas.