Corría alrededor de la piscina, reía a carcajadas y saltaba al agua sin la menor vacilación.
Me veía tan feliz.
—¿Recuerdas a esa niña? —preguntó mi abuelo.
Sonreí entre lágrimas.
—Sí.
—Pues yo la extraño muchísimo.
Aquellas palabras me rompieron el por qué crees que yo puedo verme maravilloso con este cuerpo, pero tú no?
No supe qué contestar.
Se acercó y me tomó de la mano.
—Hagamos un trato. Yo dejaré de esconder mi viejo cuerpo y tú dejarás de esperar a adelgazar para empezar a vivir.
—¿Y si no puedo?
—Entonces volveremos a intentarlo. Nadie espera que superes años de miedo en un solo día.
Lentamente, me quité la toalla.
Mi abuelo no se quedó mirando mi barriga ni mis muslos.
Simplemente sonrió.
—Adelante, cariño. El agua te está esperando.
Entré despacio en la piscina.
Al principio, me sentía terriblemente incómoda.