Me daba náuseas abrazar a mi esposa enferma… hasta que nuestro viejo perro hizo algo que me destrozó por dentro.
Me llamo Andrés y durante meses todos pensaron que yo era un hombre ejemplar.
La verdad era mucho más difícil de admitir.
Aquella noche, Mariana me miró desde la cama y dio unas palmaditas en el espacio vacío junto a ella.
—¿Puedes acostarte conmigo un rato? —susurró—. Quiero que me abraces como antes.
Sentí que el estómago se me cerraba.
No porque hubiera dejado de quererla.
La quería más que a cualquier otra persona en el mundo.
Pero el cáncer llevaba casi dos años consumiendo su cuerpo, y había cosas de aquella enfermedad que nadie nos había explicado.
El olor era una de ellas.
No era solo el aroma de los medicamentos, las cremas o las sábanas recién cambiadas.
Había un olor dulce, metálico, pesado, que parecía quedarse pega
las paredes, en mi ropa y hasta en mi propia piel.
A veces me duchaba dos veces y seguía creyendo que lo llevaba encima.
Mariana tenía 54 años.
Antes de enfermar era una mujer que se reía demasiado fuerte, discutía conmigo por dejar las tazas en cualquier sitio y cantaba fatal mientras preparaba café.
Vivíamos en una colonia tranquila a las afueras de Querétaro.
Teníamos una casa pequeña, una camioneta vieja y un perro enorme llamado Bruno.
Bruno era un lebrel irlandés de pelo gris, desordenado y áspero.
Tenía ya muchos años, el hocico casi blanco y las patas traseras rígidas por la edad.
Cuando caminaba por el pasillo, sus uñas golpeaban lentamente el piso.
Parecía otro anciano de la familia.
Los vecinos me llevaban comida.
Una señora dejaba guisos junto a la puerta.
Otro vecino compraba algunas cosas del mercado cuando yo no podía salir.
Todos me decían lo